Leo a José Carlos Somoza desde hace muchos años. Le descubrí con La Llave del Abismo mucho después de que su nombre empezara a sonarme y esa novela me sirvió casi diría yo de acicate. Me fascinó. Cuando leí La Dama Número 13, Zig Zag o Dafne Desvanecida no sólo no me decepcionó sino que cada nuevo acercamiento me servía de ejemplo, de inspiración para dar forma a mi atolondrada carrera de escritor.

Mi alegría no pudo ser mayor cuando encontré que mi admirado Somoza es Socio de Honor de NOCTE, la asociación de escritores de terror a la que pertenezco.

Me acerqué a El Cebo, entonces, con la devoción de un fan y las ansias de un hambriento, y la verdad, lo siento, es la primera vez que José Carlos Somoza me ha decepcionado.
Me ha dececpcionado porque en El Cebo no he encontrado la voz que ya se me había convertido en familiar. No he encontrado su fuerza, su magia, sino un relato sin el alma ni la pericia de otras ocasiones. Es mi oponión personal, por supuesto, y en ella la carga de subjetividad es inevitable, pero El Cebo es un libro en el que me ha costado horrores entrar, en el que el sufrido, sí, pero para terminarlo, y he tenido que regalar un esfuerzo al que ya no estoy acostumbrado para no arrinconarlo a la mitad.
La decepción de este nuevo Somoza parte de una trama que al igual que en otras de sus novelas anteriores -casi todas, diría yo- plantea un universo distinto, una realidad ficcionada más avanzada, casi en el terreno de la ciencia ficción, donde lo cierto y lo metafísico, lo sensible, se tocan de la mano. Sin embargo, a diferencia de otras inmersiones en este tipo de fantasía, la falsa realidad de El Cebo no es ni más compleja ni menos imposible que en La Llave del Abismo o Dafne
Desvanecida, por poner dos ejemplos, simplemente está menos lograda, es más enrevesada, más distante, y el autor tarda páginas y páginas, hasta el punto de tener que volver una y otra vez sobre ello, para explicarla. No por complicada, sino por inverosímil, parece tener constantemente la necesidad de justificarla.